Una toma de yagé en Europa

Cualquiera pensaría que este grupo de siete personas —tres hombres, cuatro mujeres— se va de camping: han llegado esta noche con cobijas, bolsas de dormir, agua y tarros vacíos a una sala de yoga en Praga (República Checa).

Reciben en manos, frentes y coronillas la bendición de David, el curandero, con un líquido verdoso que él denomina “contrabujería”. Los asistentes también son bendecidos en sus cabezas y troncos con humo de tabaco aspirado de un narguile. Tras la ronda, el curandero se sienta en el suelo junto a una botella que contiene un líquido marrón. El hombre vierte el menjurje en dos tazas, una de calabaza y otra de piedra, las consagra cual taita amazónico con un par de bocanadas de humo e invita a dos de los asistentes a que beban.

Según David, la pócima es ayahuasca peruana traída de la Amazonía, lo que muchos colombianos llamamos yagé, y en este punto vale la pena una aclaración: si bien ambas preparaciones son una combinación de la liana Banisteriopsis caapi con otra planta —me ha explicado el antropólogo Luis Eduardo Luna—, la ayahuasca resulta de B. caapi y Psychotria viridis, mientras el yagé es producto del bejuco y Diplopterys cabrerana.

El curandero y algunos de sus seguidores salen del edificio para fumar mapacho (otra planta sagrada) mientras la pócima hace efecto.

 

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“Yo tengo sangre checa, pero me siento como un nativo, como un indígena peruano”, dice David, vestido de negro, luciendo una barba enrollada en un caucho y el pelo recogido.

A él la ayahuasca lo curó de una enfermedad intestinal en Perú, y desde hace siete años intenta sanar a otros de depresiones o incluso cáncer por 1900 coronas (unos 235 mil pesos) en ceremonias que organiza en República Checa y en Irlanda. “La ayahuasca te enseña (…) pero hay que querer cambiar para curarse”, explica.

Como él, brasileros, argentinos, españoles, búlgaros, alemanes, holandeses y polacos han viajado a las selvas de la región amazónica, se han empapado sobre la medicina tradicional con curanderos o en iglesias sincréticas cuyo sacramento es la ayahuasca, y han importado esos rituales a gimnasios y casas rurales de Europa. Incluso indígenas y mestizos, residentes en Europa o invitados por europeos, ofrecen el remedio en retiros de fines de semana en sus casas o en giras medicinales por diferentes países.

Según un informe de la Plataforma para la Defensa de la Ayahuasca, esta preparación  llegó a España a mediados de la década de 1980. A República Checa entró hacia 1999, o quizás antes, me comenta Miroslav Horák, investigador y autor de The house of song, un libro científico sobre el tratamiento de adicciones con ayahuasca en Perú. Actualmente en Chequia “las sesiones se organizan en cada región del país y casi cada mes es posible visitar una”, añade Miroslav, quien además dice tener conocimiento de la llegada de la ayahuasca a lugares tan remotos como Japón.

Miroslav explica que en República Checa hay ceremonias en las cuales los ícaros (cantos medicinales) se interpretan en checo, y que algunos curanderos enjuagan “su boca con slivovice, un trago típico de la región (una especie de vodka), para no tener mal sabor”. Otros organizadores ofrecen hacer un seguimiento a las emociones y visiones del ritual en los días siguientes a la toma, cosa que no ocurre en la medicina tradicional en América Latina.

En España las tomas se han adaptado según el gusto del curandero y del grupo. Andrés, un caleño que trabaja en una cooperativa en Cataluña y comparte yagé una vez al mes, guía a sus participantes con un cuenco tibetano, así como con guitarra, armónica, un tamborcito y algún sonido de flauta en la cueva de un parque natural. Un colega suyo usa monocordio y una cítara, una combinación “impensable en el Putumayo”, comenta Andrés. Otros cantan en gallego, en celta y en portugués, y hay quienes beben el remedio en celebraciones paganas, en los solsticios y en los equinoccios.

 

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Veinticinco minutos más tarde, de vuelta en la sala de yoga, los asistentes están acostados con las luces apagadas. El aire cargado de romero, eucalipto, palo santo y otras hierbas emborracha. El chamán saca de dos bolsas negras las chacapas, unos ramos de palmas que utiliza para guiar y purificar a los asistentes en su expedición.

David camina entre las colchonetas y mueve rítmicamente las chacapas con golpes, creando algo parecido al sonido de una tormenta que sacude con violencia las hojas de los árboles.  Al cabo de dos o tres rondas por el salón, empieza a silbar, casi en un susurro, con el cha-cha-cha-cha de los ramazos detrás.

El hombre sigue, bate las ramas y silba y canta ícaros que aprendió con Don Mauricio en el Alto Amazonas.

Una mujer estalla en risas, otra, hipnotizada por su celular bajo la cobija, le responde también con carcajadas. Mientras tanto, el resto de los asistentes se retuerce en el suelo quizás de dolor o de frío, con el cha-cha-cha-cha incesante de fondo.

 

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Los curanderos y quienes están en contacto frecuente con la ayahuasca o el yagé conciben estas plantas como espíritus de aprendizaje, a veces madre, a veces abuelito, o más bien abuelita, entre conocedores no existe consenso sobre su parentesco. Lo cierto es que la planta parece encaminar vidas.

“Hay gente que encuentra a Jehová, hay gente que empieza a creer en la Madre Tierra, en Pachamama. La prueba te puede cambiar la vida”, dice el investigador Miroslav Horák. “La mayoría de los usuarios de la ayahuasca y de las plantas amazónicas entran en un proceso de cambio y el producto de esa transformación es la fe, la espiritualidad”.

La popularidad del remedio ha hecho que sea accesible casi en cada capital europea, por eso muchos prefieren probarlo acá en lugar de viajar miles de kilómetros hasta el Amazonas. Sin embargo, ¿es realmente ayahuasca o yagé la sustancia ofrecida por fuera de la selva?

A menos de que se haga un análisis de laboratorio, para una persona poco empapada del tema no se puede determinar a simple vista si la bebida marrón es ayahuasca u otra cosa. Desde Colombia hay quienes envían el remedio preparado en botellas, por ejemplo, sin embargo, la corteza del bejuco B. caapi también se puede comprar en páginas web.

David asegura cocinar la planta que él mismo ha traído desde Perú, no obstante, el caleño Andrés Muñoz dice que en España hay quienes diluyen el remedio por rentabilidad y por “miedo a que la gente entre en procesos muy fuertes”.

Un yagé rebajado debilitaría las visiones, “la pinta”. O más bien, dirían los indígenas, esa madre o abuelita no tendría intención de mostrarse lejos de su tierra. “En Europa “la pinta” se esconde. No es lo mismo porque no está siendo valorada espiritualmente. La gente va y pierde su plata por allá afuera (Europa) porque lo que está tomando es agua de panela”, opina Guillermo Mateus, vocero en Cali del taita Querubín Queta, máxima autoridad de la comunidad Cofán en el Putumayo.

El mal uso del brebaje puede incluso causar la muerte, como ya lo han reportado algunos periodistas. Por ese uso irresponsable, la comunidad Cofán ha alertado sobre la organización Ayahuasca Internacional, que opera también bajo el nombre de Inner Mastery o Escuela europea ayahuasquera en España, Alemania, Suiza, Italia y otros países con el objetivo de “expandir la conciencia”. La empresa, del argentino Alberto José Varela, fue acusada de haber falsificado una autorización de los cofanes para hacer ceremonias de yagé en Europa.

Ayahuasca Internacional (AI) tiene mala fama entre ayahuasqueros experimentados. Se dice que tiene una estructura piramidal, tipo Herbalife. Ayahuascalife, digamos. Hay incluso denuncias de abuso sexual. Durante una temporada ofrecieron “ayahuasca homeopatizada” para tomar todos los días y ni los mismos curanderos, entrenados en asuntos de marketing y redes sociales —mas no en chamanismo—, saben qué contiene el remedio de las sesiones grupales.

Como asistente, “te dan una ayahuasca diluida (…) o te dan una chocolata mezclada con otra cosa y te ponen [música de] Eminem”, dice el argentino Esteban Monti, estudiante de la Escuela europea ayahuasquera y exorganizador de la versión inglesa de la organización.

Una amiga de Andrés, por su parte, dedujo que a ella le dieron un brebaje de éxtasis vendido como ayahuasca. La bebida era de color naranja, como el MDMA y “el sabor era de un dulzón más ácido que amargo, como de toronja”. La mujer, como muchos otros asistentes, también recibió la no-terapia: una suerte de bullying para matar el ego en el que le recetaban una penetración para curarse, todo por 120 euros la toma (unos 400 mil pesos colombianos).

Solo en Cataluña habría unas 70 personas organizando sesiones con ayahuasca al estilo de Ayahuasca Internacional. “Compran el yagé por Internet, empiezan a ofrecerlo como imaginan [que debe hacerse], replican el mismo modelo de Varela, y lo ofrecen como una Colombiana con aborrajado”, agrega Andrés.

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Una de las mujeres bendecidas a punta de chacapa por David en el salón de yoga ha vomitado en el tarro que traía. En Perú, “si vomitas te curas, si no, no pasa nada”, me aclara el investigador Miroslav. Los adictos, por ejemplo, ven en el vómito los cigarrillos y las drogas que se han metido. Defecar, dicen, también es buena señal.

Parece que ella fue la única que lo hizo, sin contar los asistentes que posiblemente durante la toma fueron al baño sin que nadie lo notara. A las once y media de la noche, casi cuatro horas después del inicio de la ceremonia, la sesión ha terminado y el grupo está afuera del edificio. Ríen, caminan con cautela y se adaptan con dificultad a la luz de la ciudad bajo un cielo despejado. “Vi dos estrellas chocándose, es indescriptible”, dice uno de los asistentes, quien viste un sombrero peruano.

“En general la gente participa, sobre todo, para [vivir] la fase en la cual te explota el cerebro”, me contó Aldo Vargas, un boliviano que vive en Polonia y quien asegura que la ayahuasca decidió salir de la selva para mostrar que el Amazonas está siendo arrasado. “A mí [la planta] me lo dijo muy claramente, <<ya basta de eso (las juergas), ahora ocúpate de las cosas de la vida>>”.

La próxima cita con David es en dos o tres semanas.

Historia publicada originalmente en Cartel Urbano, el 30 de junio de 2016.

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