Mil formas de cagar: el museo de tronos de Praga

Algunos coleccionan carros antiguos, álbumes de mundiales o de chocolatinas, cómics, monedas, o estampillas. Nada extraordinario. En República Checa, a una pareja le dio por coleccionar inodoros y bacinillas: ya van por los 2.000, y siguen buscando piezas relacionadas con esa función biológica de la que poco se habla o se habla con rubor.

La obsesión de Renáta y Jan Sedláček por los sanitarios comenzó en 2003 mientras restauraban su residencia temporal y futuro negocio: una fortaleza del siglo X a las afueras de Praga. Allí encontraron restos de un inodoro del siglo XII y un retrete de la época barroca. El primero parecía un asiento de inodoro flotante junto a una ventana, y seguramente despertó su curiosidad. ¿Cómo defecaba la gente en la Edad Media acaso?, se habrán preguntado. Si una persona caminaba bajo esa silla en el momento equivocado, ¿de malas? o, ¿cagada?

Renata y su marido empezaron a investigar sobre la historia de los inodoros y no encontraron mucha información. Al menos descubrieron que el asiento de piedra en el aire originalmente había estado protegido por un compartimento, de modo que quien defecara hacia la calle o encima de alguien permanecía en el anonimato; con el segundo retrete, en cambio, el excremento caía en una especie de tanque cerrado.

Según medios alemanes y checos, la pareja no duda en regalarse bacinillas en Navidades o cumpleaños. Y ahora esos obsequios, e incluso el bacín usado por Renata de niña, hoy están expuestos en el museo que los Sedláček abrieron al público, lejos del barullo turístico de Praga. 

Las averiguaciones de la pareja para su museo les han revelado información repulsiva, cómica e inverosímil. Por ejemplo, que la orina fue usada para lavar ropa, y hasta antes de la invención del papel higiénico, hace 155 años, “la humanidad se limpiaba con cualquier cosa: musgo, heno y seda, patos vivos e incluso gatitos”, escriben en su página Web. E informan que un tipo de orinal alargado y muy parecido a la salsera de la vajilla, conocido como bourdaloue, fue bautizado así en ‘honor’ (¿pero sí sería un honor?) de un sacerdote jesuita en la época barroca. Supuestamente las mujeres habrían usado orinales bajo la falda -vaciados luego por sus criadas- durante los largos sermones del sacerdote francés Louis Bourdaloue, en 1670.

Por fortuna, el museo no tiene ningún olor en particular: ni a cloro ni a orina ni a mierda. De hecho, si no fuera por la información histórica, el primer piso parecería más una sala de muebles e inodoros como los de los grandes almacenes para el hogar. Hay sillas y mesas de madera aparentemente normales, así como retretes de cerámica como como el que usted o yo tenemos en casa, con una variación: las sillas y mesas (parecen tocadiscos) tienen un pequeño compartimento para el excremento y la orina, y los retretes de loza están decorados con flores y plantas al estilo Art Nouveau.

La colección cuenta también con una bacinilla que debe conocer los secretos y tal vez hasta la ‘mala cara’ de la Casa Blanca. Es una pieza de principios del siglo XX con flores que durmió bajo la cama de presidentes de Estados Unidos como Theodore Roosevelt o Woodrow Wilson. A pesar de que durante sus gobiernos ya había tuberías en la residencia, los orinales descansaban bajo los mandatarios “por costumbre o para emergencias”, se lee en una carta escrita por Lillian Roger Parks, criada y costurera de la Casa Blanca entre 1929 y 1961.

Otro orinal diseñado para Napoléon Bonaparte y decorado con una corona de laureles también está allí, protegido por una urna de cristal. Sin embargo, la bacinilla nunca conoció a su destinatario. El entonces príncipe del Reino Unido, quien había ordenado fabricar el juego de muebles para la estadía de Napoleón en la isla y prisión de Santa Helena, no concebía que el derrotado emperador recibiera una bacinilla con este símbolo de la victoria.

Las adquisiciones de Renata Sedláčková y su esposo incluyen otros objetos que provocan risa: un espejo inspirado en la tapa y el asiento del retrete, un vaso de cerveza con orinal -cuya leyenda es ‘el pocillo del hombre perezoso’-, pinturas, postales,  inodoros para muñecas, orinales portátiles para niños y niñas -el de ellos parece un termo-, bacinillas con pelaje “para aquellos que solo se merecen lo mejor” y hasta bacinillas miniatura con Hitler en el fondo. ¡Buena la idea de pintar a los políticos allí, por cierto!

Además de personajes poderosos pintados en el fondo de algunos orinales, hay diferentes tipos de ojos en las bacinillas francesas. La razón es la siguiente: en el día de matrimonio era costumbre regalarle a los recién casados una bacinilla de porcelana con las palabras “Vive la Marie”, larga vida a los novios, cuenta Renata. “Allí se ponían bananas, castañas, chocolate y vino para darles vigor en la noche de bodas”, agrega.

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Pregunté a Renata por correo electrónico si sus objetos son desinfectados antes de ser exhibidos y dijo que “todos los objetos son limpiados, y si lo requieren, también son reparados y restaurados”. Ella y su marido siguen en busca de nuevas piezas, y si usted  planea deshacerse de su vieja bacinilla infantil, ya sabe quién la recibirá con gusto. “Estamos interesados en las costumbres higiénicas locales”, escribe la mujer.

Vea la página web del museo: aquí

Fotos: Lillyam González

Nota publicada en la revista Shock, en enero de 2016

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