Ley de Gravedad

Vivía en San Vincenzo, un pueblo marítimo que hacía trescientos años había sido muy popular por sus bosques de pinos frente al mar y sus playas para perros en verano. En los vídeos de época se veía a niños correr de la arena natural al agua, y bailar y pelear saltando entre las olas. Incluso los cronistas del año 2000 escribían que era posible pescar a lo largo de toda la costa.

Era difícil imaginar esa versión paradisíaca del Mar Tirreno. Ahora, en 2315, se había convertido en una sopa marrón de botellas, celulares, redes de pesca y pedazos diminutos de plástico, a la que se tenía “absolutamente prohibido” entrar. En todo caso, a nadie se le ocurría meter un pie en esa o en cualquier playa. Apestaba.

Él, a pesar de las regañinas de la policía, se aventuraba entre el líquido fangoso con una máscara anti olor para proveer con distintos tesoros su negocio de baratijas: tortugas, por ejemplo. O estrellas de mar. O rayas. Hasta corales. Reliquias que el siglo del plástico había extinguido en 2209.

Entonces estaban en boga las exclusivas playas artificiales en lo alto de las montañas. Él sólo había ido una vez sin cita previa, y en bicicleta, para ofrecer sus alhajas: Un mero o un rodaballo se venderá muy bien como decoración, había supuesto ilusionado. Al final, los dueños del club no quisieron comprarle nada pero lo invitaron a un día de playa gratis con sombrilla, tumbona y aire acondicionado incluido.

***

Era 18 de septiembre, y el ruido del motor lo despertó. La máquina estaba removiendo vidrios por el suelo con un pesado “bbrrrrmmmrrrru” y un olor a fruta podrida y vómito inundó la calle por unos segundos, hasta que el camión desapareció tres calles más arriba.

Hacía calor y el termómetro digital de la pared marcaba 28 grados. Eran las cinco de la mañana.

Bostezó y se conectó desde la cama, arropado bajo una sábana blanca.

Se cumplen veinte años de sequía, leyó en las noticias proyectadas en la pantalla-pared. “Las reservas mundiales de agua limpia se están agotando”, empezaba el informe en vídeo. “El racionamiento de líquidos continua….Recuerde que hoy sábado está prohibido lavarse el cuerpo o los dientes…Hay multas de cien salarios mínimos para infractores…”. Cambió de pestaña.

La gazeta decía que estaba prevista la caída del meteorito tóxico de basura espacial HALO HALO para la medianoche del sábado, madrugada del domingo en el desierto de Sevilla. “La NASA advierte que el asteroide ha estado girando alrededor de la Tierra desde hace un siglo, y que, a diferencia de otros meteoritos de basura, este contiene niveles alarmantes de dioxinas. Según los científicos, está compuesto de plástico sin descomponer, CDs, colillas de cigarrillo, aparatos electrónicos y baterías”.

Este era el segundo meteorito de basura del año ‒un basurito, según la terminología científica‒, y el primero en contener supuestos “peligrosos niveles de dioxinas”. Él no se asustaba. La Gazeta era reconocida por difundir falsas alarmas, y en el pasado había publicitado, como hoy, a expertos y loquitos que auguraban que solo faltaba un día para el “¡Fin del mundo!”

“Si la basura química fuera tan peligrosa, los humanos hace rato habrían dejado de existir”, le dijo a la pantalla, y su mensaje quedó registrado como el comentario número 148 en el artículo de La Gazeta. Otros foristas opinaban, como él, que ese basurito, ni siquiera llegaría a rozar la Tierra.

Otra pestaña. El diario Hermes reportaba que “El basurito HALO HALO podría desestabilizar las comunicaciones y afectar el acceso a comida en los próximos días. Cálculos preliminares reportan que su diámetro, de unos 40 kilómetros, es mayor al del asteroide que propició la extinción de los dinosaurios. Se recomienda abastecerse de suficientes víveres”.

¿Y para qué me voy a abastecer de comida si nadie me asegura que pasado mañana voy a seguir vivo?, le dijo amargado a la pantalla y apareció un mensaje de “Comentario enviado. ¡Gracias por participar!”.

Se quitó la sábana. Las noticias recomendaban, además, acudir al búnker más cercano en el curso del día. Él no estaba seguro de querer pasar su última” noche de sábado en ese agujero. Aunque seguramente esta no sería su última, ni penúltima, ni antepenúltima, noche en el planeta, sino una noche más de sábado.

Miró hacia el árbol en la calle, que estaba cubierto de ceniza, y recordó a su amigo Roberto. Había trabajado como aseador de la Agencia Espacial Italiana en las primeras misiones que habían exportado masas de basura del tamaño del volcán Etna al espacio, y había muerto de cáncer a los ocho años a causa de las dioxinas. Los humanos habían estado produciendo esos químicos durante cientos de años, y resultaron siendo una calamidad pública.

“El basurito…”, empezó un vídeo. Él se desconectó, se vistió con la ropa del día anterior y preparó el café que llevaría a la playa para su primera pesca del día.

***

A las ocho de la mañana, frente a la tienda de agua, se congregaba un grupo de cien personas. Ya casi todo el barrio estaba enterado de la noticia. Él se acercó con el tesoro del día en su bolso, y escuchó al líder barrial, Roberto, que tenía la palabra:

‒ El búnker de la calle Terza estará abierto hoy desde la mañana para que puedan ir llevando comida, colchonetas, cobijas, y todo lo que necesiten. Hay cupo para 150 personas. Espero que los simulacros que hemos hecho en el pasado les sirvan de guía para la noche de hoy. Operaremos igual que como hicimos con el anterior meteorito, en marzo de este año, y las puertas se cerrarán a las diez.

‒ ¿A qué hora exactamente abrirán?

‒ A las 11. Ahí estaremos Laidy o yo. Si necesitan ayuda para transportar sus cosas avísennos desde ya. Laidy anotará sus nombres.

‒ ¿Y habrá televisión? ‒preguntó un niño.

‒ Sí, igual que internet. Podrán mantenerse en contacto con sus familiares a lo largo de toda la noche.

‒ Si es que seguimos con vida… ‒interrumpió alguien más, e inmediatamente otro niño empezó a llorar.

Roberto no supo qué responder.

‒ ¡Cómo dice eso frente al niño! ‒reprobó la madre.

‒ ¿Y si decidiéramos no refugiarnos? ‒anotó el pescador.

‒ ¿Por qué habría de tomar una decisión de esas?

La multitud empezó a murmurar.

‒¡Está loco!

‒¡Se chifló!

‒ Bueno, con el perdón de los padres de familia, si esta es en realidad mi última noche en la Tierra, preferiría no pasarla hacinado en medio de niños llorando. En todo caso, es probable que ese basurito sea una falsa alarma como tantas otras. Antes nos han dicho con certeza que el mundo se iba a acabar y seguimos aquí, vivitos.

‒ Le recuerdo que el basurito de marzo de este año arrasó con el territorio de México y con parte de Texas. Los reportes de las agencias espaciales del mundo no hablan de ninguna falsa alarma. Sevilla está a la vuelta de la esquina, así que mejor no tome esta información como un chiste.

‒ ¡Como sea! ‒y alzó las manos para llamar la atención de los vecinos‒ Si alguien se anima a recibir el supuesto Fin del Mundo con los brazos abiertos, o simplemente quiere tomarse un trago, puede buscarme como @vinci en el chat para encontrarnos esta noche.

‒ ¡Cómo se le ocurre una cosa así! ‒le dijo su vecino del 323.

‒ No tengo nada que perder ‒respondió él con una sonrisa, y se excusó porque debía volver a casa.

***

Dejó la atarraya en la mesa de la sala y fue hasta la cocina para hacerse un sándwich de zanahoria con queso. Su madre apareció como un holograma proyectado en la cocina. Ella vivía en Ecuador y se levantaba a las cuatro de la mañana de allá para leer, preparar la comida y hablar con su hijo, que vivía al otro lado del globo.

‒¡Mijo! ¿qué tesoros encontraste esta mañana?

‒ Mire. Una estrella de mar dentro de un biberón. Se la ofreceré a Michele, a lo mejor le hace juego con las otras de su restaurante. Si es que el lunes llega…

‒ Ay, mijito. Yo creo que sí. ¿Recuerdas que hace unos meses se iba a acabar el mundo y nada pasó?

‒ Sí…

‒ Pues, eso. Bueno, mijo, solo pasaba a desearte un feliz día. Te dejo porque tengo mucho por hacer. Se acaba el mundo, y desafortunadamente las obligaciones no. Hoy almuerzan tus tíos con nosotros. Nos conectaremos de nuevo a eso de las dos de aquí para hablar contigo.

‒ Bendición, madrecita. Hablamos más luego.

La mujer se desvaneció en el aire y él por primera vez pensó seriamente en qué pasaría si no hubiera mañana. Le inquietaría no poder volver abrazar a su madre. Aunque la tecnología había desarrollado abrazos virtuales con maniquíes casi humanos, ninguno había podido remplazar la caricia de su mamá.

Abrió el explorador para curiosear vuelos hacia Ecuador. Encontraba consuelo en revisar rutas y horarios. Había uno desde Madrid saliendo a las tres de la tarde, que duraba ocho horas. 1.000 euros costaba. Por lo menos parecía que los vuelos no habían sido cancelados. Quizá eso era una buena señal.

Cambió a otra pestaña. Le dio la orden al explorador de buscar vuelos hacia Marte y la Luna. Existían pequeñas comunidades humanas asentadas allí desde hacía cincuenta años. Los viajes hacia el satélite solo operaban el primer día del mes, y el precio de las rutas hacia Marte, programadas cada cinco horas para ese día, era exorbitante. El más barato costaba 150.000 euros.

Estaba en esas y recibió un mensaje de Tatiana. Ex-novia:

Sexo apocalíptico.

Hoy. A las dos en punto.

Mi casa.

T.

Él no tuvo que meditarlo.

***

Sexo sin condón. Ese era el sexo apocalíptico de Tatiana. Él se había imaginado un encuentro mucho más, cómo decirlo. Mucho más desenfrenado. Sofocante. De fin-de-los-tiempos. Quizá ella se había arrepentido de su osadía vía mensaje de texto. Y marcó un ritmo tímido, soso, poco atrevido, hasta triste. ¿O el sexo siempre había sido así con ella? ¿Era por eso que habían terminado?

‒ Papá me regaló un tiquete para Marte –le dijo de colofón en la cama.

‒ ¿En serio? ¿Vas a convertirte en una marcianita?

‒ No te burles. No sé qué hacer.

‒ ¿Por qué?

‒ Él y mamá se quedan. No me acompañan. ¿Qué voy a hacer yo por allá sola?

‒ ¡Tener mi hijo! ¡Tener un marcianito!

‒ Qué cosas dices. Ni que fuera a quedar embarazada después de nuestro sexo apocalíptico…‒ dijo con una sonrisa, abrazada a él.

‒ ¿Y cómo lo sabes?

‒ Para empezar, no creo que un feto pueda crecer en Marte. Igual ni se sabe si la fuerza del basurito permitirá que el cohete aterrice.

‒ ¿Y a qué hora despegarías?

‒ A las seis.

‒ Bueno, tienes una hora para pensarlo y una hora para alistar maleta. ¿De dónde sales?

‒ De la antigua bahía.

‒ Veo… Oye, ¿y dónde vas a vivir?

‒ No sé, ¿por qué? ¿Me vas a mandar cartas a Marte?

‒ Si quieres… Vas a tener una vista magnífica esta noche. Imagínate. La Tierra en llamas y tú sobrevolando el espacio en un cohete. ¿Llevas cámara?

‒ Hombre. Aún no sé si voy.

‒ No tienes nada qué pensar. O si quieres yo tomo tu lugar entonces.

‒ Mmm…

‒ ¿Ves…? Sí quieres irte.

‒ ¿Tú y cuántas otras personas se van a quedar en la playa esperando contigo a que caiga el basurito?

‒ Que yo sepa solo yo. Desde allí te veré despegando en dirección a Marte y te diré adiós.

‒ ¿Recuerdas que nuestro primer beso fue el día de la caída del meteorito Rojo, hace seis años, en las montañas del Abruzzo?

‒ ¿En serio fue ese día? Tenía la impresión de que había sido en la casa de mi amigo Roberto.

‒ No, eso debió ser con alguna otra novia tuya. Oye…

‒ ¿Sip?

‒ ¿No te habría gustado seguir juntos?

‒ Tat, ¿de verdad quieres tener esta conversación?

‒ No sé… Quizá sea mejor despedirnos con las cuentas claras…

‒ Yo pensé que todo estaba claro ‒e hizo una pausa‒. En todo caso, nadie se va a despedir ni se va a morir. Mañana domingo la tierra seguirá girando. Tú estarás en Marte. Yo en la playa buscando un nuevo tesoro, quizá un souvenir del basurito, algún desecho de inicios de milenio. Mi mamá estará preparando el almuerzo del domingo para mis primos. Los camiones de la basura seguirán despertándome a las cinco de la mañana. Y tú y yo nos veremos a tu regreso del planeta Rojo. O hasta yo iré de visita.

‒ Suenas muy optimista. ¿Y si no?

‒ Y si no, nos extinguimos todos como los dinosaurios.

***

Llegó a la playa a las seis menos cuarto. Se sentó en las viejas tumbonas, puso la música del antiguo grupo de Rabassa en su teléfono y observó la marea de plástico llenando la playa. Toda la arena estaba llena de desechos y los zancudos volaban en un cielo despejado. Sería su cena de esta tarde.

Supo que eran las seis cuando vio y escuchó al cohete ascendiendo. Empezó a mover la mano en señal de despedida. No tenía ni idea de si Tat había embarcado o no, igual siguió agitando la mano. Ese era el último cohete del día. Estuvo una hora observando el tráfico aéreo, los zancudos y los moscardones. Vio o imaginó un niño de nariz larga entre las nubes. Y una carita feliz. Esperó ver algún pájaro sobrevolar el agua. Eran una rareza, como las estrellas fugaces.

A las siete y quince llegó una pareja de vecinos de la calle Marie Curie con su perro Max, cobijas, una botella de vino y una lasaña de vegetales recién horneada. Habían contactado al pescador por chat para pasar la noche allí con él y con quien quiera que se apareciera.

En el curso de la tarde algunos supermercados habían regalado toneladas de comida y habían ocurrido saqueos, le contaron. “La gente se volvió loca”, continuó su vecina, “Don Ernesto, de la casa 34, empezó a insultarnos dizque porque escuchamos la misma música todos los días. Diez años viviendo en esa calle y solo hasta hoy nos viene con ese cuento”.

La mujer rellenó las copas que había traído desde la casa.

“¿Por nuestras últimas horas?”, brindó interrogativa.

“Que el mañana no llegue”, dijo su marido.

“¡Salud!”.

Estuvieron charlando y escuchando música hasta pasadas las ocho y media. Entonces intentó conectarse para ver si su mamá ya estaba por allí. No había señal.

Les preguntó si tenían acceso desde sus teléfonos. No. Caminó cinco metros hacia la calle. Nada. Se alejó otros diez metros. Seguía sin tener señal.

Observó el cielo despejado y se disculpó. Necesitaba ir a casa. La conexión de la playa podría no ser la mejor. Volvería en una hora.

Entró a la casa cuando faltaban tres minutos para las nueve de la noche. Ya casi serían las dos de la tarde en Ecuador. Las luces del rúter estaban apagadas: el aparato parecía muerto. Lo desconectó por tres minutos. Lo volvió a conectar. Esperó. Cogió el teléfono para llamar a la compañía. Ni siquiera daba tono. Esto no le gustaba.

Se sentó al borde de la cama. Intentó conectarse de nuevo. Nada.

El búnker. Sí. Allá seguro tendrían acceso. Eso habían dicho en la mañana. Cogió un suéter y salió dando zancadas. Llegó sudoroso a la calle Terza.

Roberto se sorprendió al verlo en la puerta.

‒¿No que no querías estar aquí en tu última noche?

‒ Roberto, ¿hay internet aquí? Tenía programado hablar con mi mamá…

‒ No sé, no he revisado en la última hora. Sigue, sigue. Quizá tengas suerte. Como dijimos esta mañana, contábamos con tener servicio de televisión e internet.

Levantó su teléfono y caminó con él alrededor del edificio. No había ni una raya en el aparato. Se acercó a un niño sentado en una colchoneta, que estaba viendo un programa en su pantalla, junto a su mamá. Le preguntó a ella si tenían internet. El niño estaba muy concentrado y ni siquiera levantó la mirada.

‒ No. Él descargó eso en la casa.

‒ Bueno, gracias.

Reinició el teléfono. Otros en el búnker tampoco lograban que los aparatos se conectaran. Y la anunciada televisión tampoco estaba funcionando. Los niños lloraban porque no podían sintonizar sus programas favoritos ni jugar. Los padres no sabían qué hacer. Un grupo rezaba arrodillado en un rincón. Otro grupo había prendido una vela y estaba contando historias de fantasmas.

Estúpido. Había sido muy estúpido. Cómo no había previsto una cosa así. Ahora solo falta que se vaya la luz, pensó. E intentó consolarse pensando en que el basurito pasaría a la medianoche y la vida seguiría su curso como siempre: mañana podría hablar con su mamá, tranquilo, en casa, y no aquí, en este ruidoso lugar.

Caminó alrededor del búnker, en un último intento de conectarse. Roberto anunció que en pocos minutos cerraría la puerta. Si quería quedarse tenía que tomar una decisión ya.

Salió.

No sabía si quería caminar hasta la playa donde estaban sus vecinos. Por ahora quería estar solo. Necesitaba estar solo.

Sus pies lo llevaron hasta el otro extremo de la bahía. Sintió náuseas. Aquí el hedor del mar era insoportable incluso desde la orilla. Escogió un rincón en la arena e intentó limpiar la basura. Cerró los ojos e imaginó la playa que sus trastatarabuelos conocieron. Le hubiera gustado estar allí con su mamá, escuchar el sonido limpio de las olas, ver algún pájaro. La abrazó a distancia. Sintió su calor y le dijo cuánto la amaba.

Una gaviota lo despertó de su ensueño. Entonces vio la estela.

Ya venía.

 

Relato incluido en el libro El día antes del fin del mundo. Diez relatos apocalípticosLa historia fue elegida entre los usuarios de Streetlib para ser publicada. Si te gustó y quisieras leer los otros nueve relatos, puedes conseguir el libro en la tienda de Streetlib o en Amazon.

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