El último adiós en los hornos crematorios de Chapinero

Recorrido al interior de los hornos crematorios del cementerio de Chapinero, en la NQS con 70.

*Historia escrita en marzo de 2007 (editada en 2018)

La desconsolada familia despide al ataúd que será incinerado en los hornos crematorios de Chapinero, y la compuerta se abre, el cofre entra y Cristina, la encargada en administración, timbra en el área de hornos para que alguno de los operarios reciba el cadáver.

Al otro lado de la puerta esperan Jorge González y Mario López, los trabajadores de turno este domingo 18 de marzo, que deberán incinerar 20 cuerpos y 10 restos a lo largo del día. “Al comienzo me daba duro con los párvulos, luego uno se va acostumbrando”, comenta Mario.

“Estos tres no los podemos meter aún porque la funeraria no ha expedido la licencia de cremación”, añade Jorge tras revisar la tira de papel en la ventana de uno de los cofres. “Y este que acaba de llegar necesita el visto bueno del supervisor porque viene embolsado y eso pasa cuando mueren ahogados o si sufrieron alguna enfermedad infecciosa, por lo que podría necesitar que se queme con ataúd incluido”.

Cuando no existe ningún impedimento, los dos operarios se ponen una careta y un traje plateado que los protege de temperaturas de setecientos u ochocientos grados centígrados. Entonces ambos bajan el cofre a un par de soportes, retiran la cubierta, y buscan un par de tiras negras en el fondo para llevar la caja de cartón -donde yace el cuerpo- hasta una camilla. El ataúd no se incinera.

Ponen unos rodillos de cartulina por debajo de la caja para poder deslizarla con facilidad hasta el fondo del horno, y setenta minutos después de haber metido el cuerpo, abren la puerta de la cámara, con la llama aún ardiendo, para nivelar la temperatura.

Una hora más tarde ya pueden sacar con una escobilla larga las “partes óseas calcinadas”. Los pedazos de hueso son entonces depositados en unos recogedores de metal y llevados hasta los cremuladores, aparatos que hacen polvo huesos como el fémur o el cráneo.

Mitos y miedos

Quizá lo más tenebroso de los hornos es ver cómo los cuerpos “se levantan”. Pero no siempre ocurre. “Eso es tremendo (…). Es como la carne, que se crece cuando se la pone a la llama”, dice Olga, una trabajadora del Cementerio Central que vio el fenómeno con sus amigos una vez en los hornos del Norte.

“¿Tremendo no? Al final uno no es nada”, y luego se refiere a una creencia falsa entre la gente: “Eso de que meten a varias personas en el horno y a uno le entregan las cenizas de otro es mentira”.

Durante sus turnos de trabajo, Mario y Jorge mantienen la sangre fría. La única vez que Jorge recuerda haberse derrumbado fue el día en que su abuela, de quien era el consentido, ingresó a los hornos: “Cuando era pequeño y terminábamos de desayunar, ella le preguntaba a mi mamá si me había comido todo y andaba pendiente de mí, era como una mamá. Por eso fue muy duro cremarla, aunque yo pedí permiso para hacerlo.”

En realidad, a Jorge solo le atemorizan los riesgos biológicos de su empleo. Él se ducha una vez en el cementerio, y otra vez en su casa, pero dada la alta contaminación a la que está expuesto se abstiene de acercarse a su sobrino. “No es por fríos ni por fantasmas ni por nada de esos cuentos, es para protegerlo de enfermedades”, explica y añade, “una persona con las defensas bajas se enferma acá. Yo por lo menos tengo una mano de anticuerpos que no me dejan enfermarme.”

Solo cabe una persona por horno.

“En el aire hay mucho calcio y eso puede afectar los pulmones, por eso usted debe andar con tapabocas”, me comenta Mario a la altura de los cremuladores, y me queda la sensación, real o imaginada, de que tengo polvo en la boca. Por eso el reglamento ordena que los operarios se duchen a la salida, se hayan vacunado contra la hepatitis B y el tétano, y usen guantes, caretas y overoles.

Sin embargo, esas medidas no alcanzan a protegerlos de los cambios bruscos de temperatura, ni de contraer las enfermedades de los difuntos. De ahí que Mario exija una mejora en su salario. “Ganamos el mínimo. Sí nos dan prestaciones sociales, pero a veces nos toca trabajar turnos de hasta quince horas y lo que nosotros hacemos aquí es muy exigente, incluso nos encargamos del aseo”.

Datos

  • Manchas verduscas en los huesos pueden indicar que la persona ingirió gran cantidad de medicamentos durante su vida.
  • Las personas con VIH o tuberculosis llegan en bolsas y deben ser incineradas con ataúd incluido al constituir un alto riesgo biológico.
  • En los cementerios del Distrito, el cuerpo debe ser exhumado (debe ser sacado de la bóveda) a los cuatro años del entierro. Si los huesos aún tienen carne, deberán ser cremados, pues también son biológicamente peligrosos.

*La información aquí presentada puede estar desactualizada de acuerdo a las normas vigentes. Artículo escrito para una asignatura de la Facultad de Comunicación Social de la Universidad Externado de Colombia.

Advertisements

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out /  Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out /  Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out /  Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out /  Change )

Connecting to %s

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.