Habitantes de zona de Bogotá ahuyentan vendaval con pólvora

Gloria Ballesteros, Mónica Santacruz y Víctor Manuel Díaz hablan del vendaval.

Gloria Ballesteros, Mónica Santacruz y Víctor Manuel Díaz hablan del vendaval.

Suenan tiros, mechas de tejo y pólvora. Ruge el vendaval. Sí, vendaval en Chapinero. Un viento fuerte que visita, año tras año, con mayor o menor intensidad, a los residentes de San Isidro, un conglomerado de barrios ubicado en la ladera de los cerros orientales, en la vía a La Calera, en Bogotá.

La leyenda varía de boca en boca. Dicen que se aparece el domingo de celebración de la Virgen del Carmen, que nace de un reloj encantado, que va a donde la gente está alejada de Dios o que llega cuando puede.

Sea cual sea la razón de su aparición, los residentes mantienen una tradición para cambiar el curso de la ventisca: ‘totear’ mechas de tejo, ‘echar tiros’ al aire y usar pólvora. La última balacera por esta causa ocurrió el pasado domingo 18 de abril.

“Yo no creía en eso, pero el viento comienza a patinar, coge por otro lado”, cuenta Gloria Ballesteros, habitante de San Isidro.

“La creencia es que al dispararle, se asusta y se va”, narra Olivia de Velandia, quien, con más de 50 años en el barrio, ha prendido mechas en la calle para ahuyentar el vendaval.

Y mientras personas como Olivia ‘revientan’ mechas, otras cierran puertas y ventanas de la casa, esconden niños y tendidos de ropa para que el viento no se los lleve, no levante tejas, ni destroce sus pertenencias.

Si bien los torbellinos han dejado de ser tan fuertes como hace 8 ó 10 años, según relatan algunos sanisidrinos, hay dos recuerdos que no se borran: una res voladora y una docena de eucaliptos derribados sobre la capilla.

“Fuimos a buscar la vaca y la encontramos más abajo del retén, en Salitre, acostada en el pasto, viva, pero magullada, hace unos 35 años -cuenta Gloria sobre ese día-. Mis papás me decían, ‘no se vaya para allá que la levanta el viento'”.

pastizalSanIsidro

Este fue el pastizal en donde Mónica creyó ver un gigante dar pisadas.

La otra corriente grabada en la memoria de San Isidro ocurrió hace 8 años, más o menos, cuando los árboles cayeron sobre la iglesia. “Parecía como si un gigante estuviera pisando los cultivos de mazorca -comenta Mónica Santacruz-. En esa época, el vendaval bramaba, ahora ya no. Sí hay sonido de viento, pero no es tan fuerte como antes”.

Lola Velásquez, con más de 18 años en el barrio, apunta que, a pesar de haber crecido y vivido en el campo, nunca había experimentado la energía de un vendaval y tampoco conocía el método de los tiros para espantarlo. “La primera vez que supe de él venía en un bus y empezaron a caer pepas que debían ser las balas de la ‘plomacera'”, señala.

El mito y la ciencia

Un día despejado y caluroso, que se colorea de repente con nubarrones, representa amenaza de vendaval en este barrio clavado en las montañas de Chapinero. “A veces avisa porque se negrea el día”, narra Patricia Orjuela, quien vive allí hace 34 años. Ella considera además que “casi siempre viene el día de la Virgen del Carmen, en domingo”.

Delfina Ramos, de 98 años y habitante de San Isidro hace 60, no cree que haya una relación entre la fecha religiosa y el fenómeno natural. “Ese llega cuando puede y nace abajo, en un reloj encantado de color blanco, al que nadie puede acercarse, cerca de la capilla”, indica.

Víctor Díaz ha prendido mechas de tejo para espantar el vendaval de Chapinero.

Víctor Díaz ha prendido mechas
de tejo para espantar el vendaval de Chapinero.

Para Gloria, la ventisca obedece al choque de temperaturas frías con calientes, más que a un evento divino: “sucede cuando se termina el verano y empieza el invierno”, apunta.

Su versión es similar a la del Instituto de Hidrología, Meteorología y Estudios Ambientales de Colombia,(Ideam) entidad que asegura que los vendavales pueden responder a una “atmósfera inestable” en donde se da un “calentamiento excesivo y un giro rápido en el viento, con ráfagas de hasta 70 kilómetros por hora”.

El Instituto explica que este tipo de fenómenos locales son imposibles de predecir por falta de la tecnología apropiada.

Otras creencias en San Isidro

También hay, o había, otros métodos para leer el inicio de la temporada invernal, cuenta Mónica Santacruz junto con Lola Velásquez. “Hace dos años venían miles de pajaritos, revoloteaban con juegos y remolinos. Supuestamente, ellos traen la lluvia. Ya no vienen”, afirman las mujeres.

Por su parte, Delfina Ramos les hace frente a los días lluviosos con su agüero: “Quemo la cruz de ceniza, la entierro en un hueco cuando hay tempestad y así va pasando”.

Nota publicada en junio de 2010, en El Tiempo Zona Chapinero y El Tiempo

 

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