La otra cara de la moneda

Mamá y papá nos habían llenado de expectativas a mis hermanos y a mí desde que estuvimos en el cascarón. Yo no podía aguantar las ganas de experimentar las sensaciones de las que nos hablaban a diario cuando se sentaban con cuidado sobre nosotros. Quería empezar a utilizar mis patas y cambiar la incómoda posición dentro del cascarón, anhelaba dormir en el nido construido por papá y disfrutar las maravillas del mundo.

Salir de la cáscara me llevó más trabajo de lo que imaginaba. Comencé a romperla con el pico y luego de haber logrado abrir algunos hoyos, percibí una luz intensa y cegadora; estaba acostumbrado a un tenue resplandor. Sobreponiéndome al impertinente brillo, metí las patas en las hendiduras y para mi sorpresa logré salir por completo y dar un vistazo alrededor, no sin antes sentirme exhausto por la actividad.

Mamá me saludó con un cariñoso picotazo y se disculpó por papá, quien no había podido ver el nacimiento de sus “polluelos” porque estaba trayendo más fibras y telarañas del árbol de la familia Rodríguez para fortalecer la infraestructura del nido. Crac. Miré los cascarones contiguos. Crac, crac. Ojos desconcertados se asomaban. Pichones mucho más feos que mamá y cubiertos por una sustancia babosa trataban de coordinar una pata y otra; habíamos estado acostumbrados a vivir inmóviles por semanas.

En ese tiempo todavía vivíamos en un florido árbol de cerezas al acecho de las mirlas: pájaros grandes, hermosos y negros, de pico y patas anaranjadas que, según mamá, representaban el mayor peligro de la zona, a pesar de su físico. Mis hermanos y yo nos mirábamos con preocupación cada vez que ella dejaba el nido para traernos lombrices jugosas –una para cada uno-, pues papá llevaba ya más de cinco días desaparecido y todavía éramos débiles y torpes.

Fue en una de las salidas de mamá que las maravillas se convirtieron en pesadilla. Un ser grande, estrepitoso, abominable y chillón trepó al árbol y se bajó rápidamente al ver nuestra vivienda. Buscó algo en el pasto y luego nos lanzó una, dos, tres piedras. Cuando tiró la cuarta, logró despedazar una parte del nido, y a la quinta, mis dos hermanos y yo caímos de un golpe. ¡PA! Doloridos y débiles, aceleramos nuestros torpes pasos y piamos con desesperación. Fue inútil.

Un par de burdas alas sin plumas nos aprisionaron con fuerza y nos depositaron en una cárcel. Entramos en pánico, y en un intento fallido de vuelo experimental improvisado nos maltratamos con las barras grises y chocamos entre nosotros. Luego recordé que nuestro segundo enemigo después de la mirla eran los humanos. Seres malévolos y sin plumas a quienes nosotros denominábamos engendros, porque encierran a los pájaros para contemplarlos y en algunos casos, devorarlos. Qué locura, yo nunca atraparía una lombriz para observarla.

El lugar era frío y poco acogedor. Como no teníamos un nido decente, dormíamos pegados para calentarnos. El descarado humano se atrevía a llamar “jaula” a esa prisión de máxima seguridad. Él se movía por su vivienda y se acomodaba en su “nido”, y nosotros teníamos que soportar el hedor de los excrementos de tres días y el agua llena de plumas y de orines. Nuestra ración diaria consistía en una lombriz para los tres, ¡qué miseria!

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Veía los árboles meciéndose afuera y escuchaba, o me parecía oír, el canto de los copetones. Me imaginaba en los charcos del patio en donde estaba nuestro árbol tomando agua o dándome un refrescante baño. Sentía el viento en la cara y una gran tranquilidad al pensar en que podía sobrevolar la ciudad, libre de ir a donde quisiera. O podía percibir el calor de otros pájaros encima de un poste y emocionarme con los malabares en los cables de luz o en las delgadas ramas de nuestro árbol. Percepciones ligadas a lo que habíamos escuchado, mas no a experiencias propias.

Con el tiempo, Ribd, el último en salir del cascarón, murió. Esta es la hora en que no entiendo cómo Ropajo y yo sobrevivimos. Además de no tener dónde dormir, sólo podíamos calentarnos entre los dos.

Se nos veía demacrados y tristes. Sin embargo, mi hermano y yo ideamos un plan para no dejar al engendro tranquilo. Cada noche, cuando empezara a dormitar, cantaríamos y cantaríamos. Los engendros mayores vendrían a su habitación y le exigirían que si no lograba callarnos tendría que liberarnos en las próximas dos semanas.

Pero el engendro dispuso un macabro plan para callarnos. Nos llevó al lugar donde los humanos acostumbran a dejar las migas de pan y preparar (¡quién sabe para qué, es mejor lo crudo!) la comida. Mientras su mamá sacaba de una caja grande una bolsa congelada con algo asqueroso, nos amenazó con una de sus alas desplumadas: “Más les vale escuchar bien. Eso que está sacando mi mamá del congelador podrían ser ustedes si no se portan bien”. Ella lo reprendió, mirándolo de reojo y escogiendo de la bolsa trozos de pájaros desplumados: “No los aterrorices. Ellos qué van a entender lo que les dices”.

Al mediodía, nos dejó a una distancia considerable del lugar donde se sentaban a comer. Los pájaros pasados por fuego tenían un color parecido al de la madera y el engendro saboreaba la carne de tal forma mientras nos miraba, que sentí miedo.

Para evitar malentendidos con el engendro, decidimos no continuar con los cantos nocturnos. Ropajo también murió poco después y me dejó solo en medio de esta pesadilla.

Pensándolo bien, habría resultado mejor no salir del cascarón y haber vivido al menos en buenas “alas”, sin preocupaciones sobre cómo alimentarme, sin malos olores. Aunque parece que estaré privado de mi libertad de por vida, no perderé la esperanza de aprender a volar, subirme a hacer monerías en un árbol o un cable, bañarme en una fuente o comer arroz en la plaza.

 

Texto para la clase de Fotografía de la Universidad Externado de Colombia, mayo de 2004

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