El regalo del Niño Dios que no olvidaré

Desde la ventana

Uno de los mejores regalos que recibí en Navidad fue una bicicleta rosada-blanca con forros verdes y llantas de pasta.

No recuerdo cuántos años tendría, ¿menos de nueve, más de seis? Ese 24 de diciembre, y mientras cenábamos y hacíamos la Novena, el Niño Dios había volado con la bicicleta (¿cómo? era un misterio) hasta mi habitación en el segundo piso de la casa de mi abuelo.

La cicla estaba en medio de mi habitación con otros regalos que no recuerdo, y tenía rueditas auxiliares porque hasta ese momento solo era experta conductora del triciclo con cabeza de Mickey Mouse.

Yo soñaba con que mi bicicleta se pareciera a la de la protagonista de la película Mi primer beso, con papeles brillantes colgando de los manilares; a cambio venía “engallada” con una canasta rosada de plástico y un espejo retrovisor también rosado con forma de cabeza de ratón.

Hubo raspones y lágrimas en las clases impartidas por mi familia para aprender a montar sin rueditas. Luego, una vez graduada de su escuela, practicaba con mi nueva ‘bici’ a veces acompañada de mis primos -ellos en patines, y nos turnábamos-, a veces sola, en la pista pavimentada del parque de La Castellana o en la manzana que daba a un potrero en mi cuadra.

Tuve dos aventuras infantiles con mi Monark rosada: en la calle cerrada donde solía pedalear me estrellé contra la placa de uno de los carros parqueados, y como acababa de hacer la Primera Comunión, ese representaba mi gran pecado (espero que no haya sido grave, señor conductor). También perdí a mis papás en la ciclovía. Habíamos subido juntos hasta la carrera Séptima con 90 con mis perras un domingo. Yo me adelanté en la ‘bici’ mientras ellos caminaban. Pedaleé hasta la calle 116 con carrera 15 y regresé a la Séptima. No los veía. ¡Qué hago!, me angustié. Fui hasta la casa siguiendo nuestros pasos. Timbré. Mi abuelito estaba en la iglesia y no había llegado. El sol me derretía. ¿Dónde estaban? ¿Les habría pasado algo? No sabía si volver a la ciclovía o esperarlos. Me senté bajo el sol de mediodía, hasta que mi abuelito apareció o ellos llegaron.

Crecí y la bibicleta no. Mi regalo de Navidad se quedó parqueado de forma permanente en el garaje de la casa. Hace un par de años, en un último intento de revivirla, le quité el sillín verde y se lo puse a la bicicleta negra todo terreno de mi papá que ahora uso yo. La Monark comprada en la calle 68 por el Niño Dios, mi papá, ahora está en manos de otra niña. Ojalá a ella también le traiga buenos recuerdos.

Nota publicada en el blog (desaparecido) Yo prefiero la ‘bici’, en Diario ADN el 24 de diciembre de 2014

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