¡Qué linda es la primavera!

En las tardes de la primavera londinense, las mirlas cantan como si amaneciera en Bogotá. Hablarán del largo invierno que por fin cesó y buscarán pareja. A mí me dijeron: “sal con la ‘bici’” y yo les hice caso.

Ahora Londres se siente como una Bogotá de madrugada, estamos a nueve o diez grados centígrados en las mañanas. Tras hibernar por meses durante un invierno que se extendió hasta la segunda semana de abril, yo estaba feliz de pedalear (¡por fin!) con viento cálido en la cara.

Así que la ‘bici’ y yo fuimos a hacer un recorrido por el canal Lee Valley. Es una ruta a lo largo del río Lee o Lea, con la que se puede ver el estadio Olímpico a lo lejos. Hay botes-vivienda o botes-tienda en el agua oscura del río y atletas, caminantes y ciclistas usan la vía para ejercitarse, en medio de edificios, cisnes, gaviotas, gansos y vegetación.

En el canal de Lee se ven ciclistas con lycras, otros son judíos ortodoxos vestidos de negro y blanco, elegantes, y con barba y rulos a bordo de la cicla; o hay ciclistas como yo, con jeans y chaqueta.

Ese día quería conocer Hackney Marshes, el pantano de Hackney, mi localidad. Antes había pasado de largo por allí, en medio del canal, y deseaba explorar el parque, pues hace parte de Capital Ring, una ruta verde para caminantes de 120 kilómetros.

Eran las 5 y 30 de la tarde y había un par de mujeres más adelante mío caminando relajadas en la ruta fangosa del parque; en dirección contraria, venían un par de hombres en bicicleta. Animada, comencé a pedalear y sentí piedritas en las mejillas, en los ojos y en la boca. Me detuve. Una nube de moscos flotaba sobre mi cabeza y yo era su única víctima, o las mujeres y los ciclistas no desviaban su camino por los zancudos ni manoteaban desesperados. ¿Querrían sangre colombiana?

Los espanté como pude y reanudé mi aventura, pero los mosquitos me siguieron: de haber abierto la boca, me habría tragado un puñado. Parecían gotas de lluvia, de las gordas, cuando chocaban contra mi chaqueta. Tenía el corazón acelerado con los quinientos moscos que me rodeaban, y no exagero. Los enfrenté con mi casco como escudo, sin ver muy bien por dónde iba, peleando. En un momento casi pierdo el control de la cicla por intentar ahuyentarlos con las manos.

Llegué hasta el final del parque, y mi recompensa fue ver desde la distancia el velódromo de los Juegos Olímpicos. Pero solo había una forma de regresar al canal y a casa: enfrentar el camino cenagoso y los mosquitos, que celebraban también el fin del invierno. ¡Gracias por la bienvenida, primavera!

Nota publicada en el desaparecido blog Yo prefiero la ‘bici’ en Diario ADN Colombia, el 16 de abril de 2013. También fue publicada como columna en la versión impresa de ADN el 17 de abril de 2013:

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