La bola de cristal

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Sin un pelo encima, como si me hubieran afeitado; con eso tenía pesadillas ‘despierto’ y dormido. Por eso me preparé con anticipación. Tío Melcíades perdió el cabello a los 35, tío Édgar a los 42, papá a los 45, tía Anita a los 84. Yo me cuidé de no repetir sus errores: no me casé, me iba en fines de semana a una casa de campo, me pasaba la peinilla sólo de ser necesario, me cortaba el pelo en los días de Luna menguante o Luna creciente.

No. No me podía quedar sin un pelo encima. Hacía ejercicio, comía poca grasa, meditaba, no reñía. Un estilo de vida admirable -tal vez descabellado-, propio de altos valores espirituales según algunos conocidos. Sólo mamá sabía el por qué de esas rutinas aunque no me apoyara. “Ay mijo, la sangre es más fuerte”, decía cuando le pedía que me guardara el secreto.

El primer manojo de cabellos en la almohada lo vi un 31 diciembre de 1958. ¡Tenía 29 años! ¡Ay!, en semanas podría quedar sin un pelo encima. Alarmado, boté esa funda a la caneca. ¿Qué dirían Pacho y Santiago? “Lucho, te juro que me veo reflejado en tu calva. Déjame lustrarla, quedará como una bola de billar nueva”, jugaría uno. Luego, lo complementaría el otro: “Vé, no conseguiste esposa y ahora, ¡menos! Pero dime, ‘bola’ de cristal, ¿qué me depara la noche?”.

¡Sin un pelo encima! ¡Sin uno solo! Decían que después de las primeras hebras el proceso era irreversible. Dignidad Luis, dignidad. Nada de echarse el cabello para atrás con el fin de disimular. Pon la frente en alto, Luis; puedes decir que tienes una frente prominente, una amplia frente sinónimo de apertura mental.

Luego se me ocurrió -de forma aún más descabellada-: ¿y si me convirtiera a la orden de los franciscanos? Dejaría el restaurante familiar y me abandonaría a las oraciones. Podría ser, por qué no. O como judío podría disimular con el gorro pequeño en la coronilla, el solideo.

¿Habría forma de remediar mi soledad sin un pelo encima? Por esos días no era ningún fornido Marlon Brando, calvo y atractivo. Así que tenía poco tiempo y esperanzas para conseguir esposa o novia. A comienzos de 1959, y en un acto desesperado, busqué ayuda. Escarbé en la mesa de noche. Encontré un papelucho de esos que me habían entregado en la calle, en Bogotá, antes de viajar a Cataluña.

ESPECIALISTA EN LA RECUPERACIÓN DE AMORES IMPOSIBLES Y DEL ÉXITO. ¿Tendrían algo para la calvicie?  TOTAL DISCRESIÓN, RESULTADOS EFECTIVOS. Sí, eso necesitaba, confidencialidad. CONOCEDORES DE MAGIA BLANCA Y NEGRA. CURO ENFERMEDADES DESCONOCIDAS. ¿Alguien me querría hacer hechicería con este mal?

Me engañé durante años con falsas esperanzas: Todavía tengo pelo, solo son parches de cuero sin cabello. Debía relajarme, evitar las preocupaciones. Además, ¿quién definía la calvicie, existía acaso una academia? ¿Y qué eran unas pocas entradas en comparación con una cabeza ‘rapada’? ¿Podía quedar, realmente, literalmente, sin una hebra de pelo encima?

Probé, ilusionado, el ‘milagroso’ CENTRUS 2003 (…Si tiene caspa y está perdiendo hebras de pelo… Si su almohada es una cama de pelo… Si ya no tiene qué cepillar… Venga a Castilla y búsquenos en la Calle del Sol…).

No entendía qué había pasado, por qué la pesadilla se hizo cotidianidad tan pronto, a las puertas de los 30; por qué me vería para siempre como si estuviera recién afeitado. Dignidad, Luis, dignidad, para ‘brillar’ sin un pelo encima.

Ejercicio para la Especialización de Creación Narrativa de la Universidad Central (2011)

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