Sobrevivir Navidad lejos de la natilla, los tamales y los abrazos queridos

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Los alemanes y polacos son bichos raros. No conocen de novenas de aguinaldos, villancicos de peces que beben, beben y vuelven a beber, ni de tamales y natillas. Prefieren canciones tristongas, vino caliente con especias, salchichas alemanas y castañas dulces; y si mi abuelo escribiera esta historia agregaría que no saben nada porque no han probado el aguardiente colombiano.

Tampoco están obsesionados con iluminar minuciosamente cada vitrina, parque, poste y plaza de la ciudad ni con poner árbol y pesebre en las casas desde el principio de diciembre -al menos en Polonia la tradición es poner el árbol el 24-. Y si no hay nieve, o si la temperatura no ronda los cero grados, les cuesta sentir el espíritu navideño.

Ha llovido mucho. Si cae nieve es otra cosa. Se siente más la atmósfera de Navidad”, decía hace unas semanas Diego López, un artista colombiano que ha trabajado en las últimas semanas en Neustaedter Advent, uno de los once mercados navideños de Dresde, en Alemania Oriental, y que ha viajado por este país en una autocaravana. Diego vende joyas tejidas en macramé -decoradas con semillas- y aguanta frío en su stand de once de la mañana a nueve de la noche, junto a su “mejor amiga” la calefacción.

Pero más que el frío, a Diego y a otros colombianos nos apabulla la falta de luz en estos meses. En diciembre, el sol sale a las siete de la mañana, si es que la bruma lo deja asomarse, y para las cinco de la tarde el cielo ya está completamente oscuro.

En los mercados navideños como en el que trabaja Diego hay que olvidarse también de Los 50 de Joselito, el Joe, Moisés Angulo o el Checo Acosta. Los villancicos aquí son melancólicos y nuestros Cañonazos Bailables están fuera de tono. Por eso el día en que Diego se puso a tocar bongo en su stand recibió quejas: no dejaba escuchar la nostálgica y tranquila música de Navidad que a nosotros nos arrulla.

A una cuadra de Diego, otro emprendedor colombiano vende empanadas en el mercado navideño Augustus. Karol Zschommler Ochoa, de familia bogotana y medellinense, es un diseñador gráfico con planes de “llenar Alemania de empanadas” en un tráiler. La receta es suya, con harina de trigo y queso, y unos rellenos inspirados en el paladar alemán: hay de espinaca, calabacín, piña, jamón, zanahoria, pimentón y champiñones, pero no de carne de res. La típica empanada colombiana con carne desmechada y papa aquí no se vende (y yo me voy antojando).

Me gusta trabajar para mí”, decía Karol en su stand, vestido con una camiseta, cuatro sacos y tres pares de medias, en los primeros días de diciembre, cuando la temperatura rondaba los seis grados centígrados. Olvidé preguntarle si se decidió por este negocio por la nostalgia de nuestros sabores. Pudo ser. Montar un puesto de empanadas ha sido una idea suelta en conversaciones con amigos que viven también en este continente, y que extrañan como yo su textura crocante.

No, en diciembre en las calles de Alemania no huele al aceite de nuestras empanadas, buñuelos, tamales ni lechona. La Navidad aquí huele a leña, a vino con canela y a nueces quemadas; es un suave aroma dulzón. De hecho, si hubiera nieve en este templado e inusual fin de año, Dresde podría pasar por el Polo Norte. Encima de las cabañas de madera del Striezelmarkt, el mercado principal, se mueven trenes y enanos que le ponen salsa a una salchicha gigante; mientras en las vitrinas hay juguetes de madera (pesebres y Cascanueces), dulces de gengibre, e incluso llaves y tuercas de chocolate. ¿Acaso aquí se inventó la Navidad?

Striezelmarkt de Dresde es uno de los mercados más tradicionales de Alemania: comenzó en 1434 y unas dos millones de personas lo visitarían cada año para probar el vino caliente o dar una vuelta en la rueda panorámica y admirar el árbol gigante y la pirámide navideña. Esta última es una construcción típica alemana tan o más alta que el árbol de la plaza. Allí giran María, José y el Niño Jesús en el primer nivel, y Papá Noel y el Hombre de nieve en el segundo. Bruce Davis Forbes dice en su libro Christmas: A Candid History, que la pirámide del siglo XVI podría haber sido una de las precursoras del árbol de Navidad.

Y a propósito del siglo XVI, no muy lejos del Striezelmarkt, es posible adivinar cómo habrían sido los mercados navideños en la época medieval. Allí “(…) el mundo todavía es perfecto. No se oyen villancicos y casi no hay luces eléctricas ni plástico. Más de 40 tenderos y artesanos trabajan con herramientas, materiales y ropas de la Edad Media tardía”, indica un folleto del mercado Mittelalter Meihnacht. También se escucha música en vivo, un hombre adivina la fortuna, se vende mazorca a la parrilla (cual si fuera Bogotá), y se ofrece el servicio de baño público en una tina de madera -con capacidad para 12 personas-, sea para paliar el penetrante frío o mantenerse limpio.

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