El enigmático lugar de Londres donde reinan los grafitis

Caminar entre las calles del centro de Londres, alrededor de la estación de trenes Liverpool Street, es moverse entre dos dimensiones. Modernas torres y rascacielos muy “serios” parecen avanzar hacia tiendas, casas y viejos edificios, ahora oficinas, embellecidas con arte urbano.

Aquí, en East End, a pocos metros del corazón financiero de la ciudad, han vivido judíos, chinos, irlandeses, bangladesíes y, hace unos 130 años, las víctimas del asesino Jack El Destripador (Jack the Ripper).

“Dos de ellas fueron atacadas al salir de este pub”, dice Ben, guía turístico, frente a una casa esquinera con flores en las ventanas en Fournier Street. Es el bar Ten Bells, a poco menos de un kilómetro de Liverpool Station.

El infame bar en la zona donde habría atacado Jack el Destripador

El infame bar en la zona donde habría atacado Jack el Destripador

En los tiempos de El Destripador, East End y la calle Brick Lane era una zona pobre, sobrepoblada, de alcohólicos y asediada por la tuberculosis, donde las mujeres sin educación ni experiencia trabajaban como prostitutas. Hoy el sector no podría ser más distinto de día: turistas, artistas y londinenses van allí para admirar las pinturas o figuras en las paredes, trabajar, comprar ropa vintage, beber, y comerse un buen curri o unas empanadillas indias. Luego, luego, cuando los dueños de las tiendas bajan sus puertas de aluminio y ponen a dormir sus negocios, una Amy Winehouse color pastel o el retrato de otro personaje en una de esas puertas observa la calle hasta la mañana siguiente.

De noche y de día los murales miran a la gente y hablan de la vida moderna en East End. Pueden contar el largo viaje de los bangladesíes hasta Inglaterra -es el caso de la grulla de la calle Hanbury, un símbolo importante en la cultura de Bangladés-, y pueden hablar de religión, como lo hace la caricatura de una mujer tras la burka en la calle Princelet. Y otras paredes se burlan, como en el caso del mensaje del póster del Papa Ratzinger y Marilyn Manson: “Adorar el maestro equivocado puede dañar tu alma”.

Algunos grafitis pueden sobrevivir varios años en estas calles. La grulla lleva unos cinco y está cada vez más sucia. Pero no todos los artistas urbanos corren con la suerte de que su trabajo se conserve por más de una semana o un mes. Depende del propietario de la “pared”, quien da el permiso para pintarla, y del código de honor de no “tocar una pieza a menos que sea mejor que la anterior”, opina Kat, también guía.

Y aunque las obras de esta galería a cielo abierto no están hechas para durar, los vecinos o los mismos artistas a veces deciden protegerlas para que otros no les metan mano. El reconocido ‘Banksy’, por ejemplo, ha cubierto dos de sus obras con cajas de vidrio artificial: encerró un carro de color rosa  tras el robo del conductor -un esqueleto-, y enmarcó otra pintura de un policía con un perro.

En contraste, otros artistas se han mantenido vigentes en la zona sin ninguna protección de ese tipo. La mujer de la colombiana ‘Bastardilla’ en la calle Pedley ha tenido el orgullo de no ser remplazada; los indios azules de ‘Cranio’, con una bandera de Brasil como taparrabos, siguen en el área, al igual que el francés ‘Invader’ y sus dibujos pixelados estilo Pacman.

La belleza de esta colección de arte en East End, como diría Ben es que “cualquier persona puede ser un artista callejero. Y cuantos más, mejor”; no importa si la obra parece una nuez -basura, agregaría yo-, una pegatina o un trabajo de plastilina para el colegio. Esa es la gracia: aquí hay  principiantes y otros con amplia experiencia y nuevas ideas. Está, por ejemplo, ‘Vhils’, de Brasil, quien graba retratos con taladros y “pequeñas explosiones” -si las imágenes de Google no mienten-; o ‘Jimmy C.’, que crea pinturas para ser admiradas con gafas de 3D azules y rojas.

U otros prefieren un método más efímero y simple: pegar sus pinturas, previamente diseñadas, en la pared (paste-up). Aunque con esta técnica las obras se deterioran con mayor rapidez, el artista puede ahorrarse la preocupación de pasar la noche en prisión o pagar multas de hasta de mil libras esterlinas (más de cuatro millones de pesos) si no tiene permiso y es atrapado por la Policía.

Para remediar la amenaza de la autoridad -algunos podrán decir que con esto el grafiti pierde su gracia- y llenar las calles de color, el blog de Walls project, desde la página Global Street Art, ha puesto en contacto a propietarios de negocios o de casas con artistas urbanos para que estos últimos obtengan permiso de pintar las fachadas. “Mientras no le paguen, el artista está en libertad de pintar lo que desee”, dice Lee, creador del proyecto. Por este convenio, la mitad de los grafitis en Brick Lane son legales y unos 850 en Londres, también.

Habría 87 nacionalidades diferentes en la zona de Brick Lane, de acuerdo a Kat, y quizá eso explique la amalgama de comidas, restaurantes y expresiones callejeras. Es que hasta los candados de los enamorados, famosos por aparecer sobre diversos puentes en el mundo -o por tener que ser desmontados por su peso, como en París-, están allí. Y ya no en un puente, sino en una endeble reja frente a la estación de trenes Shoreditch High Street Station.

En resumen, East End es un lugar para perderse caminando. Porque para rematar, si usted es admirador de Harry Potter, aquí también le dan gusto: en Artillery Passage, una callecita oscura y escondida  con restaurantes, bares, tiendas de licor y avisos de “se arrienda” fue usada como el -también esquivo- callejón Diagon.

*Gracias a los guías de Insider London y Alternative London por su colaboración para esta historia.

Esta nota fue publicada en la Revista Shock, el 20 de octubre de 2015

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