Vandalismo deja sin cabeza a los monumentos de Bogotá

Guillermo Marconi perdió la cabeza. Y no lo hizo en vida, mientras investigaba las ondas hertzianas. Su escultura la tiene refundida desde hace cinco años en la carrera 11 con calle 70, en el parque que lleva su nombre.

Su rostro en metal desapareció una noche, según lo recuerda Jorge Páez, miembro del frente de seguridad de la calle 70. “Me fui para la casa después del trabajo y al otro día ya no estaba Marconi”, comenta.

Ahí estuvo alguna vez Marconi

Ahí estuvo alguna vez el busto de Guillermo Marconi

Si bien en ese momento le informó a la Policía, ahí quedó el reclamo. Tapado por árboles y lleno de anuncios de funciones de cine o de teatro, el homenaje al físico hoy parece una caja de cables de sucia.

¿Qué diría el científico si viera su monumento?

EL TIEMPO ZONA realizó un recorrido por la localidad de Chapinero y encontró que la fortuna de un sacerdote, un general de la Gran Colombia y un navegante ha sido parecida a la del Nobel.

El busto de mármol de monseñor Vicente Arbeláez –inaugurado en junio de 1926–, en la carrera 10 con calle 63, en el costado oriental de la iIglesia de Nuestra Señora de Lourdes, lleva inscritos en su pedestal tatuajes en azul y negro que compiten con la leyenda del arzobispo con las frases y palabras “Metal forever”, “Rasta o Soniko Rastman JKM” y “Escudero”, entre otras.

En un parque de la carrera 6a. con 76, el general chileno Bernardo O’Higgins dejó de ser un militar reconocido por su lucha en favor de la independencia. Ahora, es un orinal público con grafitos. Su clon, en la avenida Chile con 9a., corrió con mejor suerte: está libre de garabatos.

Y el globo terráqueo de Américo Vespucio de nuevo rodó a las manos de delincuentes en la carrera 7a. con calle 97. Su mano quebrada está llena de basura, así como su sombrero, a pesar de que en junio de este año las autoridades locales lo presentaron restaurado a la comunidad.

Arbeláez en el parque de la calle 63

Vicente Arbeláez en el parque de la calle 63

Giordano Bruno, un filósofo compatriota de Marconi y Vespucio, es su antítesis. Fue elaborado por Miguel Urrutia con una cobertura anticorrosión y tiene vigilancia en el parque que lleva su mismo nombre, en la carrera 9 con calle 69.

El atractivo del metal “El bronce llama la atención de los ladrones, porque lo pueden revender”, explicó Lina Uribe –funcionaria del Instituto Distrital de Patrimonio Cultural– sobre por qué las esculturas son codiciadas.

De acuerdo con Gabriel Pardo, director general de esa entidad, las estatuas son objeto del “desahogo social y fisiológico de la gente”. De ahí que la gente orine o escriba “Es una sociedad de alcohólicos la que condena a los más consecuentes a ser drogadictos”.

Para remediar el vandalismo, el instituto trabaja en la sensibilización y apropiación de los monumentos. Parte de esa labor se realiza por medio de ese inventario y de la declaración de algunas esculturas como bienes de interés cultural

Versión de nota publicada en El Tiempo Zona y en El Tiempo (sección Bogotá), en septiembre de 2009.

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