El compadre árbol*

Aunque no hable, una planta presente en varias latitudes de Colombia exige respeto, o al menos reconocimiento, a quienes pasan por su lado.

Tomada de: Fredyrivera / CC BY-SA (https://creativecommons.org/licenses/by-sa/3.0)

Una historia de los campesinos de algunas zonas tropicales de Colombia cuenta que se debe saludar a un árbol conocido como Don Pedro Hernández o Compadre Chiraco, para no ser atacado por él.

Decir con voz firme ‘Qué hubo compadre’, quitarse el sombrero, escupirlo y orinarlo son algunas de las medidas para prevenir el sarpullido que provoca en brazos y cara y que puede extenderse por el cuerpo durante ocho días.

También se le denomina caspi, chunche o manzanillo, se estima que crece en suelos de 1.600 a 2.000 metros de altura en Nariño, Cauca, Antioquia, Tolima, Santander, Cundinamarca y su nombre científico es Toxicodendron striatum (‘madera tóxica con estrías’, en latín).

¿Quién sería y qué haría Pedro Hernández para que bautizaran al arbusto así?

Édgar Linares, profesor de Etnobotánica en la Universidad Nacional de Colombia de Bogotá, cuenta que saludaba a ‘Don Pedro’ por recomendación de su papá cuando vivían en Villeta, y cree que “con toda seguridad, si era un señor verdadero, era muy casposo”.

¿Sería un hombre al que el calor lo alborotaba y lo volvía agresivo? En verano, o entre julio y agosto, es la época en la que florece y libera los aceites esenciales que producen alergia: “Puede causar algunas ronchas como los pruritos esos en los brazos y en la cara o convertirse en algo más severo con llagas casi, al punto de que la persona tiene que ser intervenida en un hospital. Dicen que hay gente a la que la pone como si le hubieran dado una tunda en una pelea de boxeo”, relata Linares, quien nunca ha visto a alguien afectado por la planta.

Y es que los efectos de este arbusto que alcanza seis, ocho y diez metros y que crece en otros países del continente, dan miedo. El Hermano Daniel, naturalista y religioso, escribió en 1937 en el libro Flora del Capiro: “Todos los que recorren la montaña le miran con desconfianza y recelo”.

Por eso hay quienes prefieren caminar más y desviar para no pasar a su lado. Otros más radicales cortan el ‘palo’. El problema está en saber diferenciar cuándo es un chiraco y cuándo un cedro o un arrayán, ya que el tronco y las hojas son muy parecidas.

Hará una década, Rosita Zemanate llevó a su nieta Natalia a San Agustín (Huila) para que conociera su tierra. Un día, la niña amaneció hinchada y con un brote parecido al sarampión. Los aceites de caspi (como se llama en esa área), la habían enfermado en la caminata de regreso a la casa la noche previa. Sus hermanas le recomendaron no llevarla al médico y en cambio, bañarla a las 6 a.m. con agua fría, untarle jabón rey y esperar que se secara; luego, enjuagarla, echarle orines, ponerle sal y esperar media hora antes de volver a bañarla. Zemanate también fue víctima de caspi una vez de pequeña, pero le enseñaron que debía saludarlo, hacerse su amiga y no pasar cerca cuando tuviera pepas. “Él no le hace nada a la gente que lo conoce muy bien; como a Natalia no la había visto, la picó”, recuerda.

“Hay personas a las que tiene en contra. Siempre que yo paso por el lado me pica la nariz”, comenta Dora Perilla, una mujer campesina de unos 50 años que cría conejos y gallinas, cultiva arracacha y papa y hace pan en su casa, en Somondoco (un pueblo entre Cundinamarca y Boyacá). “Con solo acordarme, me empieza a rascar”, dice frotándose el brazo.

Allí mismo, el hijo de Dora intentó levantar una cerca para evitar que un toro cruzara la valla caída. Cortó y cargó en la espalda lo que creyó era un cedro, sin embargo, más tarde le empezó la rasquiña. Y a su mamá, que lo revisó, también le causó alergia.

El que padres e hijos sufran los efectos de chiraco los explica la médico alergóloga María Victoria Moreno Mora, en la publicación Acta Médica Colombiana. “Las personas más propensas a reacciones alérgicas son aquellas que tienen antecedentes en su familia o en su historia personal. Sin embargo este es un alérgeno muy potente capaz de sensibilizar a casi cualquier persona”, escribe Moreno sobre la dermatitis causada por el árbol.

Ella recomienda tratar las ronchas con abundante agua y jabón y afirma que los medicamentos no garantizan una mejoría pronta.

Linares, el docente de la Universidad Nacional, cree que en efecto, los citadinos y las generaciones que han perdido contacto con el campo, son más propensos a ser afectados. Y aunque no cree en los mitos alrededor de caspi o chiraco, sí los celebra, porque es una forma de reconocer la existencia de la planta.

Así es Don Pedro Hernández, un árbol al que es mejor tener de compadre.

*Una versión de esta historia salió publicada en la revista Bacánika en abril de 2009.

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